lunes, 25 de octubre de 2010

Infierno

sabrás que de mis manos
se desprenden más que sueños y derrotas
y que de mi piel no florecen sólo océanos
sino ríos dulces y jazmines



Una casa sola. Un silencio eterno. Un piano. Muchos imaginan el infierno como un horno de llamas eternas y cuerpos ardiendo unos sobre otros, arañándose, tratando de llegar al techo de la profunda bóveda donde se encuentran y quizá así toparse con algún orificio por donde se filtre aire limpio y con suerte un poco de luz clara, de frescura. El típico infierno lleno de criaturas de ensangrentada piel y muchos ojos, horrendos y repugnantes ojos de miradas diabólicas y llenas de odio, de bocas ampolladas y dientes; afilados, blancos, decorando una sonrisa macabra y espantosa. Gritos, incesantes gritos que perforan los oidos de los pecadores, desgarrantes gritos nacidos de gargantas sedientas, de almas que mueren una y otra vez de las formas más crueles que la mente humana pueda imaginar. Miles de kilómetros de cenizas ardientes y hedor a carne quemada. Miles de cuerpos retorciéndose. Miles de lágrimas. El típico infierno que se supone nos espera al otro lado de esta vida. .

Pero...¿no habrá también infiernos terrenales? Condenas que vivimos antes de morir, horas llenas de angustia, de remordimientos, de culpas. Horas desbordantes de una soledad inmensa. Horas abismales, donde lo más sádico de nuestra mente se apodera de los pensamientos y nos tortura. Nuestra propia cabeza cortándonos desde adentro, señalándonos con un dedo huesudo y blanco, nacido de una mano blanca y recorrida de venas azules, verdes, rojas, seguida de un largo y delgado brazo unido a un cuerpo que en vez de rostro tiene una amplia sonrisa. Una ridícula y estúpida sonrisa que nos inhibe. Una sonrisa tosca e inmunda, burlándose de nosotros, riéndose de nuestros errores. Y nosotros parados en medio de una mounstruosa inmensidad vacía y helada. Allí en nuestra mente no hay quién nos proteja, allí no existen manos sanadoras ni atajos, no hay camino donde correr ni cuarto en donde ocultarnos de esa odiosa sonrisa que nos persigue como una sombra. Nos quebramos ante ella, hundimos la cara entre las manos esperando que así desaparezca pero de nada sirve, es parte de nosotros, somos nosotros comvertidos en lo que más odiamos. Todas nuestras fallas, nuestros más profundos terrores, las miserias, las imperfecciones se concentran en esa criatura, en ese cuerpo sin corazón latente que se para frente a nosotros y nos desafía a golpearlo, a acabar con él ya sea a los gritos o a patadas. Pero es más fuerte y no hacemos más que quedarnos desparramados en ese suelo áspero, con los músculos agobiados, incapaces de hacer el menor esfuerzo por sacarnos de esa situación. Hay infiernos donde no hace falta morir para llegar. Creados por nosotros y para nosotros. Como si nuestros pecados fueran a ser indultados.
Hoy mi infierno se resume en una casa vacía, un silencio inmenso y un piano que tristemente arrastra sus notas sobre las paredes y las deja perderse en la oscuridad del patio.

3 comentarios:

JUAN ANTONIO dijo...

HUISTE ALLI TAMBIEN?

FRANCISCO PINZÓN BEDOYA dijo...

Tiene un inmenso tono de soledad, llena de recuerdos

un saludo grande

Jorge Ampuero dijo...

El vacío, al soledad no son infiernos, solo purgatorios :)