Ahora todo se acaba
porque me estoy despertando
y parece que alguien olvidó apagar
el espejo que me miraba.
A. Ciccone
¿Y si los espejos producen una imagen mejorada de nosotros?
¿No sería posible que aquella persona que nos mira desde el otro lado sea un experimento, una copia ampliada de nosotros programada para imitarnos; estudiarnos desde su pequeño espacio, callado, inmóvil a veces, casi auténtico, tanto que casi le creemos y pensamos que es un simple reflejo sin vida ni mente, incapaz de nada más que seguirnos?
¿Qué pasa cuando nos olvidamos de los detalles y dejamos el espejo sin nosotros delante? ¿Aparecerá nuestro doble? Quizás nuestra vida entera. Nuestra muerte. Una lluvia de elefantes azules sobre la pared contraria del baño, una laguna sin fondo ni orillas, una poesía en latín, libélulas de vidrio decorando las imperfecciones del marco de madera, metros y metros de manos con las uñas pintadas del color de nuestras sábanas, una canción de cuna, nuestro rostro de prueba dialogando con el legado del aire, suprimiéndonos, volviéndose sabiamente nosotros, con paciencia, con ritmo seguro, o simplemente amándonos, amándose, como a cualquier otra cosa, más que nada en el mundo que se le refleja en la superficie. Habría que esconderse detrás de una maceta y observar lo que pasa. Si algo en el espejo cambia, si se agita, si aparecemos mansamente estirando el brazo y tomando una botellita de agua de la heladera, una birome, el auricular del teléfono, o si simplemente nos sentamos y nos ponemos a mirarnos fijo, apenas respirando, con las manos bajo el mentón, esperando, siempre esperando a ver si pasa o no pasa algo.
¿Qué vemos, qué es lo que realmente vemos cuando cerramos los ojos y creemos que del otro lado están haciendo lo mismo?